SUSPENSIÓN DE LOS SENTIDOS O ANA EN LA BAÑERA DE FORMOL

suspensión de los sentidos o Ana en la bañera de formol

La sección de los microcuentos fue creada con el afán de hablar de lo humano y lo divino de forma más o menos poética y fabulada. Comencé a escribir cuentos a los 15 años y nunca he parado de hacerlo. Quiero darles un uso terapéutico porque a mí me ha servido mucho el escribirlos. He ido recopilando los que creo que pueden servir para mirarse a uno mismo. Sólo una forma de mirarse, la mía, con todas las limitaciones que mi ego y mi poca formación literaria tienen.

Introducción a “Suspensión de los sentidos o Ana en la bañera de formol”

Los seres humanos usamos un abanico muy variado de mecanismos de defensa. Uno de ellos es enfriar o suspender lo que sentimos. Como todo mecanismo es sagrado porque es una construcción defensiva que tiene todo el sentido del mundo en nuestra infancia. El problema es el empeño que ponemos en usarlo en nuestra vida adulta. Es decir, la defensa es sagrada, pero caduca. En una persona adulta es deseable que aprenda a modular su necesidad de defenderse.

Microcuento

Ana no descansa, se disuelve. En cuanto entra por la puerta, comienza la cuenta atrás. Pie izquierdo y derecho enchapados en algún zapato caro muelen un día cansado sobre la alfombra del pasillo de su casa, y el tic tac de un pulsómetro sanguíneo marca los pasos y las cadencias. Su mente se sincroniza con el automatismo y la maquinaria necesaria mueve sus tuercas y hace los chirridos correspondientes. Pareciera que Ana no quiere llegar a su casa, pero eso ni ella misma lo nota. Son tantos años, que ya ha dejado la decisión de ser feliz en manos de un mañana que no para de posponerse a sí mismo.

Ana guarda la compra del supermercado en la nevera, se desnuda y deja su ropa sucia en las distintas cestas preparadas para ello, ordenadas por prenda. Mastica dos o tres veces una manzana roja -siempre roja- y la deja sobre la encimera de mármol blanco. Se viste su camisón de dormir y se mete en la misma bañera de formol de todas las noches, donde se disuelve con el día, sin quedarse con nada, tan sólo con un pequeño ritmo ahogado que late como un buen augurio, pero que Ana nunca llega a escuchar.

 

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