SUPERFICIALIDAD Y POSITIVISMO PSICOLÓGICO PARTE IV EL DOLOR

El Dolor como emoción

Como seres humanos somos muy mal anfitriones del dolor. Del propio y del de los demás. Sea hacia al emocional o al físico, nuestra solución es la anestesia o la postergación porque vemos un peligro enorme en dejarnos sentir las sensaciones que lo acompañan. Dicho peligro, aparte de ser falso es disfuncional y es ahí donde comienza el problema porque el dolor es un aviso, como todas las emociones, pero estamos enfermos de sordera y como resultado de ello, el mensaje y el sufrimiento se cronifican. Este blog está dividido en siete partes en donde trataremos las emociones como necesidades básicas insatisfechas. La parte I necesidades básicas insatisfechas, La parte II el Miedo, La parte III la Rabia, la IV el Dolor, la V la Tristeza, la VI La Vulnerabilidad y la Vergüenza y la VII la Alegría.

DOLOR

El dolor es una experiencia sensorial que, la mayoría de nosotros, calificamos de desagradable. El gran error es pensar que no podemos ni debemos pasar por una experiencia desagradable porque el peligro de hacerlo es la muerte. En la cultura de solo ver lo bonito, lo atractivo y lo agradable, dejamos de lado el resto de experiencias y sensaciones que estamos absolutamente capacitados para sentir y, de esta manera, nos perdemos el aprendizaje que cada una de ellas tiene para nosotros.

Puede resultar difícil entender que el dolor nos enseña algo porque estamos adiestrados para evitarle y temerle. Digo adiestrados y no otra palabra porque se necesita obediencia y disciplina militar para automatizarnos y robotizarnos, lo que nos permite desoír nuestro dolor.

PELIGRO DISFUNCIONAL

Cualquier gestión que implique desatender lo que nos está sucediendo es inadaptativa. Si sentimos dolor, atenderlo es lo único que lo puede parar y atenderlo no significa anestesiarlo, sino que escuchar qué es lo que quiere decirnos. No dejamos a un bebé llorar porque nos resulte desagradable su llanto, probamos hasta que damos con aquello que necesita para parar de llorar. Ni el bebé es peligroso, aunque su llanto sea desagradable, ni nos vamos a morir si lo atendemos. Es más, aprendemos las dotes que tenemos para identificar y solucionar el problema del bebé. Lo mismo sucede con nuestro dolor. Existen muchas cosas que nos pueden producir dolor. La muerte de alguien cercano, la ruptura con alguien que queremos, dejar atrás ciudad, trabajo o personas. También podemos sentir el dolor de vernos a nosotros mismos imperfectos, erráticos o insuficientes. Aprender a sostener todo ello nos da dos herramientas maravillosas: la escucha de lo que necesitamos sostener (dolor) y la posibilidad de aprender a sostener lo que escucho. Si esto no se da, el dolor se cronifica y el malestar pasa a ocupar un espacio muy grande en nuestras vidas.

EL VERDADERO APRENDIZAJE

El dolor nos enseña a ser adultos porque al escucharnos, crecemos. Dicho crecimiento no está relacionado con hacernos duros e implacables, sino con todo lo contrario. Ser adulto es coger la responsabilidad de darnos bienestar y esto solo se logra si lo hacemos con respeto y amor.

No nos está ocurriendo nada malo, simplemente algo nos duele. Quizás necesitemos llorar, aislarnos y/o compañía. Podemos sentirnos desesperanzados, abatidos, cansados o con sensaciones corporales desagradables. Algo nos duele, no hay más.

Algunas veces el dolor llega sin motivo aparente, cuando estamos tranquilos y nuestra vida está estabilizada. Es un momento muy oportuno para que dolores a los que no hemos atendidos, puedan ser consolados y estamos en nuestro mejor momento para hacerlo.  A mi misma y a muchos de mis pacientes nos ha pasado esto último y es desconcertante, pero muy sanador porque nos permitió entrar sin tanto miedo a esa habitación a oscuras y cerrada a cal y canto donde escondemos el dolor.

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