SOY SENSIBLE

Sensible
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Existe una moda muy extendida en los test de personalidad, en las plataformas de contactos o en el diálogo popular de creer que al decir que somos sensibles ganamos puntos o entramos en una categoría especial de persona. El problema que trae esta creencia es que no asumimos la responsabilidad de nuestra propia sensibilidad.

¿Qué estamos diciendo cuando nos declaramos sensibles?

Estamos dotados para captar los estímulos que nos rodean de forma más o menos fina. De hecho, lo estamos también para habituarnos a ellos e ignorarlos. Elaboramos la información que nos viene del entorno y podemos llegar a profundidades y sutilezas que nos permiten tanto admirar la belleza como pasar por procesos dolorosos, disfrutar de la compañía como sentirnos tristes porque alguien se va, reflexionar profundamente sobre un problema y llegar a una solución, etc. Todas estas son habilidades preciosas porque nos permiten comunicarnos con los demás y llegar a niveles transpersonales de entendimiento y consciencia.

De todo lo anterior estamos hablando cuando decimos que somos sensibles, es decir, somos capaces de captar y procesar el mundo que nos rodea y TODOS lo podemos hacer. Ciertamente existen personas que son altamente receptivas o susceptibles y son capaces de llegar a una elaboración delicada y honda. Pero lo que la mayoría de la gente dice y entiende por ser sensible es algo así como ten cuidado con lo que haces y dices que me puedes hacer daño o yo puedo entenderte mejor que tú mismo. Y es eso lo que, desde mi punto de vista, distorsiona el concepto y la conducta de la sensibilidad. Nunca debemos de olvidar que el corazón de la rosa del Principito se encoge y no se expande porque su sensibilidad es orgullosa y caprichosa, haciendo que el Principito la cuide más allá de lo necesario y que eso lo obligue a huir de ella.

Sobreactivación

Lo que captamos del mundo: su intensidad y su frecuencia, es real, pero eso no conlleva que los demás tengan que andar con pies de plomo a nuestro alrededor, sino todo lo contrario, pues la gestión de tal forma de sentir debe correr por cuenta nuestra. Cuando la sensibilidad se convierte en una susceptibilidad irresponsable es cuando nos parecemos a la rosa del Principito y desvirtuamos una capacidad maravillosa que nos permite conectar con otro ser, humano o no, o con situaciones y experiencias nutritivas.

Ser sensibles no nos hace especiales ni únicos y es deseable que esa habilidad la utilicemos para escucharnos los unos a los otros, no como arma arrojadiza con el fin de hacer sentir al otro culpable, ni tampoco para ponernos en un lugar de superioridad porque tenemos la falsa creencia de poseer un don.

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